martes, 9 de marzo de 2010














La Cautividad Pelagiana de
la Iglesia
R. C. Sproul

Inmediatamente después que inició la Reforma, en los primeros años después de que Martín Lutero clavará sus Noventa y Cinco Tesis sobre la puerta de la iglesia en Wittenburg, publicó algunos cortos panfletos sobre una variedad de temas. Uno de los más provocativos fue el titulado La Cautividad Babilónica de la Iglesia. En este libro Lutero miró en retrospectiva al período de la historia del Antiguo Testamento cuando Jerusalén fue destruida por los ejércitos invasores de Babilonia y la elite del pueblo fue llevada a la cautividad. Lutero en el siglo dieciséis tomó la imagen de la histórica cautividad babilónica y la reaplicó a esa era y habló acerca de la nueva cautividad babilónica de la iglesia. Habló de Roma como la nueva Babilonia que aprisionó el Evangelio cautivándolo con su rechazó del entendimiento bíblico de la justificación. Puede entender cuan fiera era la controversia, cuan polémico sería este título en este período, al decir que la Iglesia no simplemente había errado o extraviado, sino había caído—que ésta es en realidad ahora Babilonia; que está en un cautiverio pagano.

A menudo he pensado que si Lutero viviera hoy y viniera a nuestra cultura y echara una mirada, no en la comunidad de la iglesia liberal, sino en las iglesias evangélicas, ¿qué podría decir? ¡Oh claro!, no puedo responder esta pregunta con ningún tipo de autoridad definitiva, pero pienso que sería esto: Si Martín Lutero viviera hoy y tomara su pluma para escribir, el libro que podría escribir en nuestro tiempo sería titulado La Cautividad Pelagiana de la Iglesia Evangélica.

Lutero vio la doctrina de la justificación como el combustible de un profundo problema teológico. Él escribió extensamente acerca de éste en La Esclavitud de la Voluntad. Cuando miramos a la Reforma y vemos las solas de la Reforma- Sola Scriptura, sola Fide, Solus Christus, Soli Deo gloria, Sola gratia-Lutero estaba convencido que el verdadero punto de la Reforma era el tema de la gracia; y que el subrayar la doctrina de solo fide, justificación sólo por fe, estaba precedida por un compromiso con sola gratia, el concepto de la justificación sólo por gracia.

En la edición de Fleming Revell de La Esclavitud de la Voluntad, los traductores J. I. Packer y O. R. Johnston, incluyeron una introducción teológica e histórica extensa y confrontante para este libro. El siguiente párrafo es parte del fin de esta introducción:

Estas cosas necesitan ser consideradas por los Protestantes de hoy. ¿Con qué derecho podemos llamarnos a nosotros mismos hijos de la Reforma? Mucho del Protestantismo moderno ni podría llamarse Reformado o aún ser reconocido por los Reformadores pioneros. La Esclavitud de la voluntad coloca ante nosotros lo que ellos creían acerca de la salvación de la humanidad perdida. A la luz de esto, estamos obligados a preguntar si la cristiandad protestante no ha vendido su legado entre los días de Lutero y los nuestros. ¿ No tiene el Protestantismo de hoy más de Erasmianismo que de Luterano? ¿ A menudo no hemos tratado de minimizar y opacar las diferencias doctrinales en nombre de la paz entre grupos? ¿Somos inocentes de la indiferencia doctrinal, la cual Lutero atribuyó a Erasmo? ¿Permanecemos creyendo que la doctrina importa?

Históricamente, apegándose a los hechos es claro que Lutero, Calvino, Zwinglio y todos los principales teólogos protestantes de la primera época de la Reforma sostuvieron en esto exactamente el mismo punto de vista. Sobre otros puntos tuvieron diferencias. Pero en la afirmación de la incapacidad del hombre en el pecado y la soberanía de Dios en la gracia, fueron enteramente uno. Para todos ellos éstas doctrinas fueron la pura esencia de la fe cristiana. Un editor moderno de las obras de Lutero dice esto:

Quienquiera que cierre este libro sin haber reconocido que la teología Evangélica se sostiene o cae con la doctrina de la esclavitud de la voluntad lo ha leído en vano. La doctrina de la justificación gratuita por la fe sola, la cual llegó a estar en el centro de la tormenta de mucha de la controversia durante el período de la Reforma, es a menudo considerada como el corazón de la teología de los Reformadores, pero esto no es preciso. La verdad es que su pensamiento estaba realmente centrado sobre el argumento de Pablo, que fue hecho eco por Agustín y otros, que la salvación de los pecadores es totalmente sólo por la gracia libre y soberana, y que la doctrina de la justificación por fe fue importante para ellos porque salvaguardaba el principio de la gracia soberana. La soberanía de la gracia encontraba expresión en un nivel más profundo de su pensamiento al descansar en la doctrina de la regeneración monergista.[

Esto quiere decir, que la fe que recibe a Cristo para justificación es en sí misma el libre don del Dios soberano. El principio de sola fide no es correctamente entendido hasta que es visto como afianzado al principio más amplio de sola gratia. ¿Cuál es el origen de la fe? ¿Es la fe el don de Dios, indicando por tanto que la justificación es recibida por la dádiva de Dios, o es ésta una condición de la justificación la cual es dejada para que el hombre la cumpla? ¿Puede percibir la diferencia? Déjame ponerla en términos simples. Escuché recientemente a un evangelista decir, “Aunque Dios llevó a cabo miles de pasos para alcanzarte y redimirte, sin embargo el punto culminante es que debes llevar a cabo el paso decisivo para ser salvo”. Considera la declaración que ha sido hecha por el más amado líder evangélico de América del siglo veinte, Billy Graham, quien dice con gran pasión, “Dios hace el noventa y nueve por ciento de ello, pero todavía debes hacer el último uno por ciento.”

¿Qué es pelagianismo?

Ahora, regresemos brevemente a mi título, “La cautividad pelagiana de la iglesia”. ¿De qué estamos hablando?
Pelagio fue un monje quien vivió en Bretaña en el siglo quinto. Él fue contemporáneo del más grande teólogo del primer milenio de la historia de la iglesia si es que no de todo el tiempo, Aurelio Agustín, obispo de Hipona en el Norte de África. Nosotros hemos escuchado de San Agustín, de sus grandes obras de teología, de su Ciudad de Dios, de sus Confesiones, las cuales permanecen como clásicos del Cristianismo.

Agustín, además de ser un teólogo titánico y tener un intelecto prodigioso, fue también un hombre de profunda espiritualidad y oración. En una de sus oraciones famosas, Agustín hizo a Dios un aparente daño, en una declaración inocente en la cual dice: “Oh Dios, ordena lo que quieras, y concédeme hacer lo que ordenas”. Ahora, ¿Quería Agustín que te diera una apoplejía al escuchar una oración como esta? Como ciertamente le dio a Pelagio, el monje inglés que se atravesó en su trayectoria. Cuando escuchó esto, protestó vociferadamente, aun apelando a Roma para conseguir que esta oración de la pluma de Agustín fuera censurada. Porque he aquí, él dijo: “¿Estás diciendo Agustín, que Dios tiene el derecho inherente de ordenar cualquier cosa que desee de sus criaturas? Nadie va a disputar eso. Dios inherentemente, como creador del cielo y la tierra, tiene el derecho a imponer obligaciones sobre sus criaturas y decir, debes hacer esto y no debes hacer eso.” La expresión ‘ordena cualquier cosa que quieras’ es una oración perfectamente legitima.”

Es la segunda parte de la oración la que Pelagio aborrecía, cuando Agustín dijo, “y concédeme hacer lo que ordenas.” Él dijo, “ ¿De qué estás hablando? Si Dios es justo, si Dios recto y Dios es santo, y Dios ordena de la criatura hacer algo, ciertamente que la criatura debe tener el poder en sí misma, la habilidad moral en sí misma, para llevarla a cabo o Dios nunca demandaría esto en primer lugar.” Ahora esto tiene sentido, ¿no es así? Lo que Pelagio estaba diciendo es que la responsabilidad moral siempre y en todo lugar implica capacidad moral o sencillamente habilidad moral. Entonces, ¿Por qué deberíamos orar, “Dios concédeme, dame el don de ser capaz de hacer lo que me ordenas que haga?” Pelagio vio en esta declaración una sombra que estaba siendo puesta sobre la integridad de Dios mismo, quién requería responsabilidad de la gente para hacer algo que no podían hacer.

Por ello, en el debate consecuente, Agustín dejó claro que en la creación, Dios no mandó a Adán y Eva nada que fueran incapaces de hacer. Pero una vez que la trasgresión entró y la humanidad llegó a estar caída, la ley de Dios no fue cancelada ni Dios la ajustó rebajando sus requerimientos santos para acomodarlos a la débil, condición caída de su creación. Dios castigó a su creación al descargar sobre ellos el juicio del pecado original, por lo que cada uno que nace en este mundo después de Adán y Eva, nace ya muerto en pecado. El pecado original no es el primer pecado. Este es el resultado del primer pecado; se refiere a nuestra corrupción inherente, por la cual nacemos en pecado, y en pecado nos concibió nuestra madre. No nacemos en un estado neutral de inocencia, sino que nacemos en una condición pecaminosa y caída. Prácticamente cada iglesia dentro del histórico Concilio Mundial de Iglesias en algún punto de su historia y en el desarrollo de su credo articula algún tipo de doctrina del pecado original. Así que, es claro para la revelación bíblica, que se tendría que repudiar el punto de vista bíblico de la humanidad para negar el pecado original como un todo.

Este es precisamente el punto que estuvo en la batalla entre Agustín y Pelagio en el siglo quinto. Pelagio dijo que no hay tal cosa como pecado original. El pecado de Adán afectó a Adán y solamente a Adán. No hay trasmisión o trasferencia de culpa o caída o corrupción a la progenie de Adán y Eva. Cada uno es nacido en el mismo estado de inocencia en el cual Adán y Eva fueron creados. Además él dijo, es posible para una persona vivir una vida de obediencia a Dios, una vida de perfección moral, sin ninguna ayuda de Jesús ni de la gracia de Dios. Pelagio dijo que la gracia-y he aquí la distinción clave- facilita la justicia. ¿Qué significado tiene “facilita?” Esta ayuda, ésta hace más fácil, hace más sencilla, pero usted no tiene que tenerla. Usted puede estar perfectamente sin ella. Pelagio declaró aún más, que no es solamente posible de manera teórica para algunos individuos vivir una vida perfecta sin la asistencia de la gracia divina, sino que de hecho hay personas que lo hacen. Agustín dijo, “No, no, no, no... nosotros estamos por naturaleza infectados por el pecado, hasta las profundidades y raíz de nuestro ser- a tal punto que no hay ser humano que tenga el poder moral para inclinarse a sí mismo y cooperar con la gracia de Dios. La voluntad humana, como resultado del pecado original, permanece sin tener el poder de escoger, sino que es esclava de sus malos deseos e inclinaciones. La condición de la humanidad caída es tal que Agustín podía describirla como incapacidad para no pecar. En términos sencillos, lo que Agustín estaba diciendo es que en la Caída, el hombre perdió la capacidad para hacer las cosas de Dios y quedó cautivo a sus propias inclinaciones malvadas.

En el siglo quinto la iglesia condenó a Pelagio como herético. El Pelagianismo fue condenado en el Concilio de Orange, y fue condenado de nuevo en el Concilio de Florencia, el Concilio de Cartago, y también irónicamente, en el Concilio de Trento en el siglo dieciséis en los primeros tres anatemas de los Cánones de la Sexta Sesión. Por lo tanto, consistentemente a través de la historia de la Iglesia se ha condenado firme y completamente el Pelagianismo- porque el Pelagianismo niega la caída de nuestra naturaleza; éste niega la doctrina del pecado original.

Ahora, que es el llamado semi-Pelagianismo, como el prefijo “semi” sugiere, era algo posicionado en medio del pleno Agustinianismo y el pleno Pelagianismo. El semi-Pelagianismo dice esto: sí, hubo una caída; sí hay tal cosa como pecado original; sí, la constitución de la naturaleza humana ha sido cambiada por este estado de corrupción y todas las partes de nuestra humanidad han sido significativamente debilitadas por la caída, a tal punto que sin la asistencia de la gracia divina ninguno puede tener la posibilidad de ser redimido, por consiguiente la gracia no es únicamente útil sino necesaria para la salvación. Pero, aún cuando estamos tan caídos que no podemos ser salvos sin la gracia, no estamos tan caídos que no podamos tener la capacidad para aceptar o rechazar la gracia cuando nos es ofrecida. La voluntad está debilitada pero no es esclava. Hay remanentes en el centro de nuestro ser, una isla de justicia que permanece intocable por la caída. Es la respuesta de esta pequeña isla de justicia, ésta pequeña pieza de bondad que está intacta en el alma o en la voluntad lo que hace la diferencia determinante entre el cielo o el infierno. Es esta pequeña isla que debe ser ejercida cuando Dios lleva a cabo sus miles de pasos para alcanzarnos, pero en el análisis final es un paso que debemos tomar el que determina ya sea el cielo o bien el infierno, el ejercitar ésta pequeña isla de justicia que está en el centro de nuestro ser o no hacerlo. Agustín no reconoció esta pequeña isla ni aún como un arrecife de coral en el Pacífico sur. Él dijo que ésta era una isla mitológica, que la voluntad estaba esclava, y que el hombre estaba muerto en sus delitos y pecados.

Irónicamente, la Iglesia condenó el semi-Pelagianismo tan vehementemente como lo hizo cuando condenó el Pelagianismo original. Pasado el tiempo usted llega al siglo dieciséis y lee el entendimiento Católico de lo que sucede en la salvación, y la iglesia ha repudiado básicamente lo que Agustín enseñó y también lo que Aquino enseñó. La Iglesia concluyó que hay remanentes de esta libertad que están intactos en la voluntad humana y que el hombre debe cooperar con-y asentir con-la gracia precedente que es ofrecida a ellos por Dios. Si ejercemos esta voluntad, si ejercemos una cooperación con cualquiera de los poderes que en nosotros han sido dejados, seremos salvos. Y por lo tanto en el siglo dieciséis la Iglesia volvió a abrazar el semi-Pelagianismo.

En el tiempo de la Reforma, todos los reformadores estaban de acuerdo en un punto: la incapacidad moral de los seres humanos caídos para inclinarse a sí mismos a las cosas de Dios; que toda la gente, en el orden para ser salvas, estaban totalmente dependientes, no noventa y nueve por ciento, sino un cien por ciento dependientes de la obra de regeneración monergista como primer paso para venir a la fe, y que la fe es en sí misma un don de Dios. La fe no es lo que estamos ofreciendo para la salvación y que naceremos de nuevo si escogemos creer. Sino que no podemos ni aún creer hasta que Dios en su gracia y en su misericordia primero cambia la disposición de nuestras almas a través de su obra soberana de regeneración. En otras palabras, en lo que todos los reformadores estuvieron de acuerdo fue con, que a menos que un hombre nazca de nuevo, no puede ni ver el reino de Dios, ni puede entrar en él. Tal como Jesús dijo en Juan capítulo seis, “Ninguno puede venir a mí, a menos que le sea dado por mi Padre”-la condición necesaria para la fe y la salvación de cualquiera persona es la regeneración.

Los Evangélicos y la Fe

El Evangelicalismo moderno casi uniformemente y universalmente enseña que en el orden para que una persona sea nacida de nuevo, debe primero ejercer fe. Tienes que escoger nacer de nuevo. ¿No es ésto lo que escuchas? En una encuesta de George Barna, más del setenta y cinco por ciento de “cristianos evangélicos profesantes” en América expresaron la creencia que el hombre es básicamente bueno. Y más del ochenta por ciento articularon el punto de vista que Dios ayuda a aquellos que se ayudan a sí mismos. Estas posiciones-déjeme decirlo de manera negativa- ninguna de estas posiciones son semi-Pelagianas. Ambas son Pelagianas. El decir que somos básicamente buenos es un punto de vista Pelagiano. Yo estaría dispuesto a asumir que en casi un treinta por ciento de la gente quien está leyendo este tema, y probablemente más, si realmente examinamos su pensamiento con detenimiento, encontraremos que en sus corazones está latiendo el Pelagianismo. Estamos plagados con él. Estamos rodeados por él. Estamos inmersos en él. Lo escuchamos cada día. Lo escuchamos cada día en la cultura secular, lo escuchamos cada día en la televisión y la radio Cristiana.

En el siglo diecinueve, hubo un predicador quien llegó a ser muy popular en América, escribió un libro de teología, que surgió de su propia formación en leyes, en el cual no abrevió su Pelagianismo. Él rechazó no sólo el Agustinianismo, sino también rechazó el semi-Pelagianismo y sostuvo claramente la posición Pelagiana sin encubrirla, diciendo en términos no inciertos, sin ambigüedad, que no había Caída y que no había tal cosa como pecado original. Este hombre vino a atacar cruelmente la doctrina de la expiación sustitutiva de Cristo, y además de eso, repudió tan clara y tan fuertemente como pudo la doctrina de la justificación por la sola fe por medio de la imputación de la justicia de Cristo. La tesis básica de este hombre fue, no necesitamos la imputación de la justicia de Cristo porque tenemos la capacidad en y de nosotros mismos para llegar a ser justos. Su nombre: Carlos Finney, uno de los más respetados evangelistas de América. Ahora, si Lutero estaba correcto en decir que la sola fide es el artículo sobre el cual la iglesia se sostiene o cae, si lo que los reformadores dijeron es que la justificación por la fe sola es una verdad esencial del Cristianismo, quienes además argüían que la expiación sustitutiva es una verdad esencial del Cristianismo; si ellos estaban en lo correcto en su evaluación de que estas doctrinas son verdades esenciales del Cristianismo, la única conclusión a la que podemos llegar es que Carlos Finney no era Cristiano. Yo leo sus escritos y digo, “no veo cómo alguna persona cristiana pudiera escribir esto.” Y aun, él está en el Salón de la Fama del Cristianismo Evangélico de América. Él es el santo patrón del Evangelicalismo del siglo veinte. Y él no es semi-Pelagiano; él es descarado en su Pelagianismo.

La Isla de Justicia

Una cosa es clara: puedes ser Pelagiano puro y ser bienvenido por completo en el movimiento evangélico de hoy. Esto no es simplemente que el camello metió su nariz en la tienda; no solamente es que está dentro de la tienda- sino que ha sacado al propietario de la tienda. El Evangelicalismo moderno mira hoy con recelo a la teología Reformada, la cual ha llegado a ser colocada como ciudadano de tercera clase del Evangelicalismo. Ahora, usted dice, “Espera un minuto R. C. No encierres a todos en el argumento del Pelagianismo extremo, después de todo, Billy Graham y el resto de las personas están diciendo que hubo una Caída; que debes tener la gracia; que hay tal cosa como pecado original; y los semi-Pelagianos no están de acuerdo con el simplista y optimista punto de vista acerca de la no caída naturaleza humana de Pelagio.” Y esto es verdad. No cuestionaré acerca de ello. Pero es esta pequeña isla de justicia donde el hombre todavía tiene la habilidad, en y de sí mismo, para retornar, cambiar, inclinar, disponer, y abrazar la oferta de la gracia, que revela porque históricamente el semi-Pelagianismo no es llamado semi-Agustinianismo, sino semi-Pelagianismo, éste realmente nunca escapa a la idea central de la esclavitud del alma, la cautividad del corazón humano en pecado- que no está simplemente infectado por una enfermedad que puede ser mortífera si es dejada sin tratamiento, sino que es mortal.

Escuché a un evangelista usar dos analogías para describir lo que sucede en nuestra redención. Él dijo, el pecado tiene tal fortaleza sobre nosotros, un estrangulamiento, que es semejante a una persona quien no puede nadar, quien cae por la borda en un mar furioso, y es la tercera vez que se sumerge y únicamente las puntas de sus dedos permanecen fuera del agua; y a menos que alguien intervenga a rescatarle, no tiene esperanza de sobrevivir, su muerte es cierta. Y a menos que Dios le tire un salvavidas, no puede ser rescatado. Y Dios no solamente le debe tirar un salvavidas en cualquiera área donde él se encuentra, sino que el salvavidas tiene que caerle en el lugar correcto donde sus dedos permanecen extendidos fuera del agua, y acertarle de tal manera que pueda sostenerlo. El salvavidas tiene que haber sido tirado perfectamente. Pero todavía este hombre se ahogará a menos que lo tome con sus dedos y los sostenga alrededor del salvavidas, entonces Dios le rescatará. Si esta pequeña acción no es hecha, él ciertamente perecerá.

La otra analogía es esta: Un hombre esta terriblemente débil, enfermo de muerte, yaciendo en su cama de hospital con un padecimiento que es terminal. No hay manera que pueda curarse a menos que alguien externo venga con una cura, una medicina que curará su enfermedad fatal. Y Dios tiene la cura y camina hacia el cuarto con la medicina. Pero el hombre está tan débil que no puede tomarse la medicina por sí mismo; Dios tiene que ponerla en la cuchara. El hombre está tan enfermo que se halla casi en un estado comatoso. El no puede ni siquiera abrir su boca, y Dios tiene que inclinarse y abrirle la boca. Dios coloca la cuchara en los labios del hombre, sin embargo el hombre todavía tiene que tomarla.

Ahora, si vamos a usar analogías, usemos las adecuadas. El hombre no se está sumergiendo por tercera vez; él está tan frío como una piedra en el fondo del mar. Éste es el lugar donde usted estuvo cuando una vez estaba muerto en sus delitos y pecados y andaba conforme a la corriente de este mundo, de acuerdo con el príncipe de la potestad del aire. Y cuando estaba muerto Dios le dio vida juntamente con Cristo. Dios se sumergió al fondo del mar y tomando este cadáver sopló el aliento de su vida en él y resucitó de la muerte. Y no es que usted estaba en la cama del hospital con cierta enfermedad, más bien, cuando usted nació, llegó muerto. Esto es lo que la Biblia dice: que estamos muertos moralmente.

¿Tenemos nosotros una voluntad? Sí, oh claro que la tenemos. Calvino dijo, si quieres decir por libre albedrío una facultad de escoger aquello que tienes el poder en ti mismo, de escoger lo que deseas, entonces tenemos libre albedrío. Si quieres decir por libre albedrío la capacidad de los seres humanos caídos para inclinarse a sí mismos y ejercer la voluntad para escoger las cosas de Dios sin la previa obra monergista de regeneración, entonces, Calvino dijo, libre albedrío es un término exorbitantemente grandioso para aplicarlo al ser humano.

La doctrina semi-Pelagiana del libre albedrío que prevalece en el mundo evangélico de hoy es un punto de vista pagano que niega la cautividad del corazón humano en el pecado. Esta visión desestima el dominio que el pecado tiene sobre nosotros.
Ninguno de nosotros quiere ver las cosas tan mal como son realmente. La doctrina bíblica de la corrupción humana es dura. No escuchamos al Apóstol Pablo decir, “Usted sabe, es triste que tengamos tal cosa como pecado en el mundo; ninguno es perfecto. Pero estemos de buen ánimo, somos básicamente buenos.” ¿Puede ver que aún una lectura superficial de la Escritura niega esto?

Ahora, regresemos a Lutero. ¿Cuál es el origen y la posición de la fe? ¿Es la fe el don de Dios significando con ello que la justificación es recibida por la dádiva de Dios? O ¿Es una condición de la justificación, la cual tenemos que cumplir? ¿Es su fe una obra? ¿Es ésta la única obra que Dios le deja hacer? Recientemente tuve una discusión con algunas personas en Gran Rapids, Michigan. Estaba hablando sobre sola gratia, y una de las personas estaba en desacuerdo. Él dijo, “¿Estás tratando de decirme que en conclusión es Dios quien soberanamente regenera o no el corazón?”

Y le dije, “Sí”; y él estuvo aún más en desacuerdo por esto. Le dije, “Déjame preguntarte esto: ¿Eres cristiano?
Él dijo, “Sí.”

Le dije, “¿Tienes amigos que no son cristianos?”

Él dijo, “¡Oh!, claro que sí.”

Le dije, “¿Por qué eres cristiano y tus amigos no lo son? ¿Es por qué eres más justo que ellos? Él no era estúpido. El no iba a decir, “¡Oh! claro es porque soy más justo. Yo hice la cosa correcta y mis amigos no”. Él sabía a donde quería llegar con esta pregunta.

Y él dijo, “Oh, no, no, no.”

Le dije, “Dime por qué. ¿Es por qué eres más inteligente que tus amigos?

Y él dijo, “No.”

Sin embargo el no estaba de acuerdo que al final, el punto decisivo era la gracia de Dios. El no quería venir a esto. Y después de discutir por quince minutos, él dijo, “ESTA BIEN, te lo diré. Soy un cristiano porque hice la cosa correcta, tuve la respuesta correcta y mis amigos no lo hicieron.”

¿En qué estaba confiando esta persona para su salvación? No en sus obras en general, sino en una obra que había hecho. Y él era un protestante, un evangélico. Pero su punto de vista de la salvación no era diferente del punto de vista Romano.

La Soberanía de Dios en la Salvación

Este es el punto: ¿Es la fe una parte del don de Dios en la salvación? O ¿Es ésta tu propia contribución a la salvación? ¿Es nuestra salvación totalmente de Dios o depende finalmente de algo que hagamos por nosotros mismos? Aquellos quienes dicen esto último, que finalmente depende de algo que hagamos por nosotros mismos, por consiguiente niegan la absoluta incapacidad de la humanidad en el pecado y afirman con ello una forma de semi-Pelagianismo que es cierta después de todo. No es de maravillarse que más tarde la teología Reformada condenara el Arminianismo en su esencia, porque en principio, ambos regresan a Roma, en efecto, éste torna la fe en una obra meritoria, y es un rechazo de la Reforma porque niega la soberanía de Dios en la salvación de los pecadores, la cual fue el principio teológico y religioso más arraigado del pensamiento de los reformadores. El Arminianismo era sin lugar a dudas, a los ojos de los Reformados, una renunciación del Cristianismo del Nuevo Testamento a favor del Judaísmo del Nuevo Testamento. En esencia confiar en la fe de uno mismo no es diferente que confiar en las obras de uno mismo, y el uno es tan sub-cristiano y anti-cristiano como el otro. A la luz de lo que Lutero le dice a Erasmo no hay duda que tenemos que ratificar este juicio.

Y aunque este punto de vista es el que predomina en las encuestas de hoy en la mayoría de los círculos evangélicos profesantes. Y así como el semi-Pelagianismo es en esencia simplemente una versión ligeramente velada del Pelagianismo verdadero, de igual manera éste es el mismo que prevalece en la iglesia, y no sé que pasará. Sin embargo, si sé que no sucederá: no tendremos una nueva Reforma. Hasta que nos humillemos y entendamos que ningún hombre es una isla y que ningún hombre tiene una isla de justicia, que somos completamente dependientes de la pura gracia de Dios para nuestra salvación, no empezaremos a descansar sobre la gracia y a regocijarnos en la grandeza de la soberanía de Dios, hasta que no desechemos la influencia pagana del humanismo que exalta y coloca al hombre en el centro de la religión. Hasta que esto suceda no tendremos una nueva Reforma, porque en el corazón de la enseñanza Reformada está el lugar central de la adoración y gratitud dadas a Dios y sólo a Dios. Soli Deo gloria, solamente a Dios, la gloria.

cronicas de un ex pentecostal



















A pesar de mi teología reformada (calvinista, teología del pacto, etc.) no puedo negar mi herencia pentecostal que está profundamente arraigada en mi interior. No puedo olvidar aquellos años que desde mi niñez pasé en una iglesia pentecostal y la enorme influencia que aquellos hermanos pentecostales hicieron en mi carácter como cristiano. Aquí les dejo un escrito de un hermano que también fue pentecostal y con el cual me identifico mucho:


El siguiente artículo lo comencé con la intención de dar una breve respuesta a la pregunta que lleva por titulo la cual fue formulada por una hermana. Seguí escribiendo hasta que terminé con esto que ven aquí. Espero que de alguna forma le sirva de ayuda ya que desde hace tiempo quería escribir algo sobre los Pentecostales y al parecer este ha sido el momento.

¡Que Dios bendiga su pueblo Pentecostal!
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El movimiento Pentecostal como tal tuvo sus comienzos al principio del siglo XX cuando un grupo de estudiantes bíblicos del Colegio Bíblico Betel en Topeka, Kansas (USA) bajo la dirección de Charles F. Parham, un predicador de Santidad llegaron a la conclusión que el "Bautismo en el Espíritu Santo" era una experiencia 'posterior' a la salvación y que era esta experiencia la que marcaba la llenura del poder de Dios como ocurrió el día de Pentecostés en el Aposento alto (Hechos 2). Ya anteriormente desde principios a mediados de los años 1800s (siglo XIX), algunos grupos de santidad y otros que incluían miembros de varias denominaciones (Metodistas, Presbiterianas, Bautistas, etc.) creían en lo que se denominaba "una segunda gracia" y algunos según se cuenta habían hablado en "lenguas" en algunas ocasiones pero nada de forma permanente o verificable.

La primera persona en hablar lenguas en este grupo fue una joven de nombre Agnes Ozman de denominación Metodista durante un culto de avivamiento dirigido por Parham y así comenzó la "búsqueda del bautismo en Espíritu con la evidencia inicial de las lenguas". Otros también hablaron en Lenguas y el líder del grupo llegó a creer que el evangelismo mundial sería más fácil porque las personas no tendrían que aprender nuevos idiomas para predicar sino que lo harían hablando en lenguas.

Históricamente el nacimiento del movimiento Pentecostal sucede después de un "avivamiento" que según se relata ocurrió en la calle Asuza en Los Ángeles California en un culto en una casa llevado a cabo por un tal William Seymour, un alumno de Parham. Según se cuenta el avivamiento allí era tanto que no paraban los servicios seguidos uno de tras de otro mientras que miles de personas de todas partes de la nación viajaban a aquel lugar a recibir el Bautismo en el Espíritu Santo con la evidencia de las lenguas, aunque también se reportaron casos de personas con comportamiento errático y tanto fuera de control. Muchos observadores relatan historias extrañas y hasta los periódicos de entonces presentaron artículos que describían detalladamente el comportamiento descontrolado de varios de los participantes, con algunos estando tirados en el suelo y otros con movimientos raros. (Esta información la leí hace un tiempo atrás de un periódico de ese entonces). Lo cierto es que este fenómeno se regó por toda la nación y muchas personas hablaban en lenguas. Muchos de estos creyentes se vieron en la obligación de comenzar a reunirse con aquellos que creían como ellos ya que las denominaciones históricas no aprobaban tal movimiento de dones y lenguas pues se desviaba de la fe e interpretación histórica sobre los dones espirituales de los cuales particularmente "las lenguas" se consideraba un don del pasado el cual tuvo un tiempo de cumplimiento durante la era del establecimiento del Cristianismo mas no necesario después de esto. Estos creyentes formaron sus propios grupos de reunión y finalmente formaron concilios de los cuales la Iglesia de Dios es el más antiguo fundado y luego el de las Asambleas de Dios establecido cerca de 1914.

Las Iglesias Pentecostales son aquellas que se caracterizan por la creencia en la permanencia de los dones espirituales particularmente los nueve dones mencionados en 1 Corintios 12. Siguiendo sus raíces en Topeka, Kansas, el distintivo principal de las Iglesias Pentecostales ha sido la creencia en lo que se denomina "El bautismo en el Espíritu Santo" experiencia que debe de ir acompañada del "hablar en lenguas", no necesariamente como un don de lenguas sino como 'evidencia inicial' que verifica que la persona ha recibido verdaderamente dicho bautismo. Se enseña que la persona debe hablar en lenguas "al menos una vez" y aunque nunca más vuelva hablar en lenguas, esa experiencia inicial es la marca de haber sido bautizado "en el" Espíritu Santo. En las Iglesias Pentecostales los miembros son instados a buscar incansablemente y con mucha fe el bautismo en el Espíritu Santo con la evidencia inicial y se hacen 'retiros', cultos especiales, cultos de avivamientos y sesiones de "búsqueda" del Bautismo en el Espíritu el cual muchos dicen recibir y otros nada experimentan lo que causa que se sientan como Cristianos de segunda clase pues en muchos de los Concilios y los más grandes organizaciones Pentecostales no se puede llegar a ser pastor, ministro o ni siquiera diácono si no se ha sido bautizado en el Espíritu Santo con la evidencia inicial de las lenguas.

Aunque los Concilios Pentecostales más grandes y muchas otras iglesias de nuestro tiempo siguen afirmando la creencia de "la evidencia inicial", muchas personas dentro del "Movimiento Pentecostal" que es como creo que mayormente debe clasificarse, han llegado a 'dudar' el que las lenguas sea el distintivo del Bautismo en el Espíritu Santo y dicen que las lenguas son una señal del bautismo en el Espíritu Santo pero no la única.

El Pueblo Pentecostal es un pueblo Cristiano. Los Pentecostales han mantenido las doctrinas del Cristianismo histórico ortodoxo y pueden ser considerados fundamentalistas. Creen en la Trinidad, la inspiración e inerrancia de las Escrituras (66 libros canónicos), el nacimiento virginal de Cristo, su vida santa, su pasión, su muerte, su resurrección y su ascensión a la diestra del Padre. Mantienen básicamente las doctrinas Metodistas en cuanto a la salvación (Arminianismo/ Wesleyanismo) aunque para decir la verdad, la gran mayoría de los Pentecostales no saben ni que cosa es eso, pero si saben que la salvación se solo "por Gracia por medio de la fe". Aunque muchos, no muy instruidos ponen un énfasis exagerado en las buenas obras, la vasta mayoría de los Pentecostales 'saben' que es sólo Jesús el Salvador, por eso cantan fervorosamente "Soy feliz Jesús me libertó...". Para los que más han leído y tienen conocimiento lo que no sea como ellos piensan podría ser 'falsa doctrina'. Las palabras "Calvinismo" y "Predestinación" causan gran malestar entre ellos, lo mismo ocurre cuando oyen decir que "la salvación no se pierde". Los Pentecostales han adoptado el concepto Dispensacionalista como sistema de estudio teológico, por eso ponen gran énfasis en el rapto 'antes' de la tribulación y predican mucho sobre la Segunda Venida de Cristo y hablan bastante sobre los tiempos finales. Son Pre-milenaristas porque creen que el reino de mil años mencionado en Rev. 20 4-6, tomará lugar 'después' de la segunda venida de Cristo.

Es importante no confundir los Pentecostales Clásicos (1901) con los 'Pentecostales Unicitarios' o 'Apostólicos'. Estos últimos no creen en la doctrina de la Trinidad y mantienen el bautismo en agua es necesario para la salvación aunque sí sostienen casi todos los demás puntos históricos de la fe Cristiana. A diferencia de los Pentecostales Clásicos, los Unicitarios/ Apostólicos creen que el hablar en lenguas es evidencia inicial no de un bautismo 'posterior' a la salvación sino que es evidencia necesaria de la salvación misma al ser recibido el Espíritu Santo por primera vez. Según estos, el que no ha hablado en Lenguas no ha recibido el Espíritu Santo y como tal no ha sido salvado. Este grupo el cual ha crecido en número de seguidores, salió de las Asambleas de Dios el cual los condenó como "herejes" al negar las doctrinas principales de la fe histórica del Cristianismo como lo es la doctrina de la Trinidad.

Antiguamente los Pentecostales (como otras denominaciones) acostumbraban a llevar un estilo de vestimenta muy conservador que les diferenciaba del mundo. Las damas no utilizaban pantalones, ni coloretes, y los hombres no llevaban ni bigote ni barba aunque en algunos lugares el bigote era permitido. La ropa no se llevaba muy ceñida, faldas cortas ni escotes bajos, los vestidos sin mangas eran evitados y ni las damas ni los caballeros utilizaban prendas en su cuerpo aparte del anillo matrimonial y en algunos casos el reloj de pulsera. Aunque la descripción anterior suena un tanto 'legalista' pienso que es preferida a la actual condición de muchas de las iglesias Pentecostales donde se ha perdido el sentido de pudor y modestia, donde el temor de Dios parece haber desparecido y donde hay muy poca diferencia entre la manera que se viste un incrédulo y un creyente.

Aunque los tiempos cambian creo que los Pentecostales siempre han sido y son por lo general gente que ama a Dios y son dedicados arduamente a la obra. El énfasis principal de los Pentecostales siempre fue la obra misionera, el campo Evangelísticas y la salvación de las almas. La predicación y el evangelismo casi siempre era y es promovida junto a la oración de fe y sanidad de enfermos por intervención divina aunque puedo decir que 'tristemente' en el presente se ha dejado un poco de lado el tema de la salvación para promover "los milagros". Muchos predicadores Pentecostales creen que los milagros son una herramienta para traer a las personas a Cristo y he oído algunos decir que sin milagros no puede haber salvación. Esto demuestra un aspecto que ha prevalecido por mucho tiempo en los Pentecostales, una pobre preparación teológica. Pero no obstante a esto, creo que los Pentecostales son en gran parte responsables por la propagación del evangelio a muchísimas partes del mundo. El celo Evangelístico de los Pentecostales ha producido cientos de miles que cuentan hasta millones que han venido a los pies del Salvador, lo que demuestra que Dios se mueve por medio de aquellos que son fieles al mandato del maestro que dijo "id y predicad el evangelio a toda criatura". Los Pentecostales se han tomado en serio esta comisión y han visto el fruto de su esfuerzo.

Seria bueno que la iglesia Pentecostal moderna tomara ejemplo de sus antepasados quienes dejaban todo lo que tenían con el fin de alcanzar el mundo para Cristo y lo lograban. Muchos fueron los hombres Pentecostales que con tan solamente una Biblia en sus manos, sin mucha preparación teológica se levantaron valientemente a llevar las nuevas de salvación a un mundo perdido. Hoy día muchos Pentecostales están más interesados en su bienestar material que en el mundo que se pierde. De los pulpitos se le enseña a las personas como obtener mas dinero, mejores carros, casas mas grandes y mejores posesiones. Los predicadores están más interesados en los diezmos, primicias y ofrendas de los feligreses que en las almas de los que se pierden. El Evangelio se ha vuelto una fuente de ganancia y muchas veces el interés de que se llene la iglesia es con el fin de que vengan más diezmadores, que traigan sus primicias y “siembren” financieramente en los ministerios de los ministros que les prometen que mientras más grande sea la siembra (en ellos) más grande es la cosecha (supuestamente), estas cosas no se oían en el pasado, aunque siempre ha habido vividores. En su mayoría los Pentecostales de antaño amaban la obra y respetaban las ovejas no quitando sino dando sus vidas por ellas.

Los Pentecostales deben mirar al pasado si desean tener un mejor futuro. Ahora tienen mejor preparación teológica, son licenciados y doctores en teología y ministerio, tienen contactos políticos y buena posición económica, visten ropa fina y zapatos caros pero tristemente en muchos casos todo esto no se traduce en ganancia espiritual de un pueblo arrepentido. Los Pentecostales del pasado, tal como sus antepasados de la iglesia primitiva “trastornaban el mundo” con el mensaje de Cristo. Pero ya los Pentecostales no trastornan el mundo con el evangelio, lo trastornan con sus escándalos, su manipulación y sus espectáculos televisivos y conductas vergonzosas que solamente causan gracia y se ganan la burla despiadada del mundo, algo que debe ser normal para el verdadero Cristiano pero solamente cuando la razón es la correcta, por “predicar a Cristo y a este crucificado”.

Gran parte de la condición actual del Pentecostalismo es deprimente, pero estoy seguro que como en los días de Elías, “todavía quedan siete mil que no han doblado sus rodillas a Baal”. Existen muchos que no han olvidado el celo ministerial que movió a hombres del pasado que sin mucho estudio, sin zapatos de piel, sin automóviles de lujo y sin alfombra bajo sus pies, gastaron su vida y sus fuerzas predicando el evangelio al mundo perdido. Muchos Pentecostales siguen predicando el evangelio con fuego y fervor, siguen buscando las almas perdidas y no se doblan a los placeres del mundo. Son fieles a su Dios y a su llamado.

El pueblo Pentecostal es un pueblo que he aprendido a amar, lo amo por su ardua labor, por su lucha y por su dedicación la cual he visto de primera mano, y no porque me lo contaron. Nací y me crié en un hogar Pentecostal un humilde rincón de la isla de Puerto Rico y fui llevado por mi papá y mi mamá a junto con mis hermanos a la iglesia de mi barrio, una iglesia Pentecostal. Allí fui desde niñito a mis clases de Escuela Dominical, allí aprendí a leer la Biblia, a decir el Padre Nuestro y a hablar con Dios. En la iglesia Pentecostal de mi barrio fue donde aprendí y canté a Dios mis primeros coritos y allí también oraron por mí los líderes y hermanos y hermanas de la congregación, muchos de los cuales ya están en la presencia de Dios. Allí les di quehacer y cariño a los consejeros de niños, de juveniles y de jóvenes. Allí le agoté la paciencia a la líder de la agrupación donde cantaba con otros muchachos de la iglesia Toda esa gente Pentecostal las llevo en mi corazón hasta que me vaya del mundo. Allí trabaje con mi madre y mis hermanos limpiando la Iglesia y sus atrios. Allí ayudé a los hombres que trabajaban en la expansión del templo. Allí comencé a tocar la batería, escondía los palitos debajo del altar para que los músicos no se los llevaran y yo poder tocar en los cultos de niños que eran los viernes. Los días de culto de niños yo llegaba con mi hermano a la iglesia tempranito para sentarme primero en los tambores. Y también fue allí en aquella Iglesia Pentecostal donde un buen viernes, en uno de esos cultos de niños, con lágrimas en mis ojos recibí a Cristo como mi Señor y Salvador. Allí Dios tocó mi vida y aun siendo un niño le pedí que perdonara mis pecados. Dios entró a mi corazón en una Iglesia Pentecostal. Allí también un día domingo a la edad de once años fui bautizado por mi querido pastor Saturnino Morales, el hermano Tuno, como le decíamos cariñosamente. Fue en las frías aguas del río que baja de la montaña del Yunque y que pasa cerca del fin de la cuesta cerca de la iglesia en el barrio Las Tres T del pueblo de Rio Grande. Hasta allí fuimos a pie; ese fue un día especial para mí. Ese mismo día en la noche tomé por primera vez la Santa Cena en la Iglesia Pentecostal.

El hermano Tuno era un viejito valiente de blancas y brillantes canas, su piel quemada por la ardua labor del campo, el cañaveral y la tarea de visitar los hermanos y buscar los perdidos. Aunque el hermano Tuno no era muy alto en estatura era un gigante espiritual en las manos de Dios. Un Pentecostal lleno de amor y pasión por Dios y su obra. Fue un hombre que por su fe y dedicación, por su amor a las almas perdidas y a su congregación, se ganó el respeto y admiración no solamente de los miembros de su iglesia sino también de los borrachitos del barrio.

Aunque hoy día yo no creo que la evidencia inicial del bautismo sean las lenguas, y para ser sincero a veces no estoy muy seguro si verdaderamente hay tales lenguas. Aunque creo totalmente en el poder de Dios, me parece que ese afán extremo por “las experiencias” y la manifestación de “los dones” espirituales hacen a los Pentecostales fácil presa del engaño. El énfasis puesto en “los milagros” me parece un tanto exagerado y hasta espiritualmente peligroso. Tampoco creo en el tan repetido y deseado rapto antes de la tribulación, ni mucho menos en el esperado futuro reino Milenario de los Pentecostales. Y aunque mi teología, ahora Reformada con un énfasis central en la Soberanía de Dios y su Gracia infinita, en la total depravación del hombre, la elección incondicional, la predestinación, la expiación definida, la gracia irresistible y la seguridad eterna de los Santos, no se asemeja en nada a lo que creen los Pentecostales, con todo eso les sigo amando. Les amo porque han sido gentes sencillas, porque me enseñaron a amar a Dios, porque a pesar de sus limitaciones han sabido abrir su corazón a Cristo, se han dejado usar por Dios y por eso han sido de tan grande impacto en el mundo. Porque reconocen que el poder viene de Dios y lo han experimentado. Hay muy buenos hermanos, santos y amados de muchas otras y muy buenas denominaciones y concilios, no cabe duda de eso, pero sin quitarle sus méritos a estos otros hermanos en la fe debo decir que "los Pentecostales le han creído ha Dios". Han demostrado la fe de un niño de la que habló Jesús en la Biblia. Muchas gentes le deben dar gracias a Dios por los Pentecostales, por su dedicación, por su abnegación y por su amor a Dios el cual se torna directamente en el amor por las almas perdidas y también por las que ya han sido halladas. Los Pentecostales oran por los pecadores dentro de la Iglesia pero también visitan los enfermos en las casas y en los hospitales, se preocupan por el drogadicto, el hambriento, la viuda y el huérfano. Dan esperanza y abrazan al necesitado pero también ruegan a Dios sin temor por algún perdido en el medio de cualquier calle. Eso es Cristianismo en acción. El pueblo Pentecostal no es perfecto, de ninguna manera, pero es un pueblo apasionado por Dios. Lo mismo ríe que llora, alaba a Dios con gritos, mucha música, mucho ruido y mucha entrega. Lo mismo salta, brinca y se mueve al son de un corito rápido lleno de sabor tropical que se tira de rodillas llorando ante Dios bajo la suave melodía de una alabanza de adoración o ayunando y orando fervorosamente por el hijo de una hermana que está atado al pecado.

Hay mucho más que se pudiera decir de los Pentecostales, esa gente alegre que disfruta de una reunión de buena comida y mucha bebida (agua o Coca-Cola) y por supuesto buena música. Algunos tendrían muchísimas cosas malas que decir y otras muchas mejores. A los Pentecostales los amas o los detestas, y el que no tiene opinión, es porque quizás no les conoce mucho. Hay cosas que a la verdad me han incomodado y hasta me han desesperado dentro de los Pentecostales, pero después de todo hay cosas que hacen y dicen los Pentecostales que incomodan a los mismos Pentecostales. Hay muchos que una vez fueron Pentecostales pero hoy se burlan y les desprecian. Vivieron mucho o poco tiempo dentro de un pueblo que les dio amor y cariño, un pueblo de Dios que oró por ellos, que les predicó el mensaje de salvación por medio de Cristo y fueron salvos por la Gracia de Dios; pero ahora se han olvidado, les rechazan y les critican despiadadamente. Yo no puedo, aunque son muchas las diferencias que tengo con el pueblo Pentecostal que me vio nacer y crecer, no puedo olvidar los Pentecostales. Aunque mis creencias no concuerdan con muchas de las cosas que creen los Pentecostales y hasta hoy podría objetar a muchas de sus costumbres y prácticas que en un tiempo no consideraba nocivas, y aunque es mi deseo que los Pentecostales puedan tener más claridad sobre algunas de las doctrinas bíblicas que a mi entender no han sido bien interpretadas por ellos, y aunque muchos entiendan, como yo también lo hago, que con mis creencias nunca podré ser un Pentecostal, hay algo dentro de mí, en lo profundo de mi corazón, que todavía de alguna forma extraña me hace amar y me une a los Pentecostales, algo que inexplicablemente todavía me hace sentir que sigo siendo de ellos y cuando me preguntan por mi denominación todavía en mis entrañas sigo creyendo que "Soy Pentecostal".

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Mateo 7:24
Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca.
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jueves, 4 de marzo de 2010

el verdadero cristiano

¿Qué es ser un cristiano?


Para muchos es asistir a una iglesia, para otros es hacer buenas obras y para otros es “creer en Cristo”. Dentro del mundo secular las personas tienen la idea de que su salvación depende de sus meritos; creen que en un día sus obras serán puestas en una balanza y si ha hecho mas obras buenas que malas pues tendrá la vida eterna. Creen ingenuamente que por el simple hecho de tener una mera adhesión intelectual de la existencia de Dios y por abstenerse de robar o matar tienen el cielo asegurado.


Este tipo de razonamiento conlleva a la persona a rechazar congregarse y ser miembro en una iglesia local bajo el supuesto de que “todas están erradas” y a no aceptar nada en lo que tenga que comprometerse con Dios. Creen que por asistir de vez en cuando a un templo para “enfriarse” con Dios, por haber sido bautizados de niños o por crecer en un hogar con influencia cristiana tienen un lugar en la gloria; pero todo esto adaptado a los placeres que tal persona quiera disfrutar sin un compromiso real a guardar los mandamientos de Dios.


Pero esto no se queda solo en el mundo secular sino que también se encuentra de manera más discreta en la iglesia. Dentro del pueblo hay personas que aparentan ser cristianas y no lo son; muchos, incluso, se hacen creer así mismo que lo son.


Debemos de tener cuidado como cristianos y examinarnos a nosotros mismos para ver si en verdad somos cristianos. El apóstol Pablo dice en 2 de Corintios 13:5:


Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos. ¿No os conocéis a vosotros mismos, que Jesucristo está en vosotros, a menos que seáis reprobados?


La pregunta que viene a colación es ¿Cómo puedo saber que soy cristiano? Por los frutos:


Por sus frutos los conoceréis. ¿Se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así todo buen árbol da buenos frutos, mas el árbol malo da malos frutos. El árbol bueno no puede dar frutos malos, ni el árbol malo dar frutos buenos. Todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado en el fuego. Así que, por sus frutos los conoceréis. No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les protestaré: Nunca os conocí; apartaos de mí, obradores de maldad. Mat 7:16-23


No creas que porque un día repetiste una oración frente al evangelista eres salvo, o porque sientes que Dios te habla cuando se predica. Ni siquiera porque haces buenas obras. Ser cristiano no es un acto mecánico o algo que se logra por medio de un rito. Un cristiano es alguien que ha sido regenerado por el Espíritu Santo y la simiente de Dios ha sido puesta en su corazón.


Piensa y examínate a ti mismo. Cuando vas a la iglesia ¿tienes el propósito de ir a adorar a Dios en comunión con otros hermanos o ir a reunirte con tus amigos como si fuera un club social? ¿No vas a las fiestas mundanas porque te lo prohíben o porque las aborreces? ¿Asistes a la congregación en búsqueda de emociones que te haga sentir bien o con el fin de adorar a Dios y aprender de su palabra? ¿Tratas de traer a tus amigos a Cristo o dejas que ellos te lleven a su mundo? ¿Tratas de agradar a Dios aunque tus amigos te desprecien o tratas de agradar a tus amigos en desprecio de Dios? examinaos para ver si estáis en la fe; no sea que al final te digan: “nunca os conocí”


Cualquiera, pues, que oye estas mis palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca. Mat 7:24